Si bien el petróleo era esencial para alimentar su maquinaria
bélica, los nazis encontraron en México otros recursos naturales que los
cautivaron. En particular dos plantas de la herbolaria del país, la
amoena y el piule, alimentaron sus criminales fantasías, pues pretendían
utilizarlas en experimentos con humanos: para realizar interrogatorios a
prisioneros y esterilizar a grandes poblaciones.
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