25 julio 2012

Carta Abierta a Felipe Calderón


Javier Sicilia
 
Querido Felipe:
Te digo querido porque, pese a tus traiciones y desprecios por las víctimas y la nación que has gobernado, sigo creyendo que un ser humano es más que sus errores y sus equívocos y merece respeto y merece amor. Te hablo también de tú porque, como alguna vez, antes de la marcha del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD) de Cuernavaca a la Plaza de la Constitución lo hicimos, lo hicimos, quiero hablarle de nuevo al hombre y no a la máscara del poder que en su falsedad –toda desproporción es una falsedad– lo distorsiona, y hablarle, como lo hice aquella vez, a su corazón desde la verdad. “La verdad –querido Felipe, decía esa gran novelista católico que fue Georges Bernanos—duele, sólo después consuela”.
Estas a punto de concluir tu mandato presidencial. Dejas tras de ti una nación llena de osarios, de dolor, de víctimas y de miseria, y la pérdida de confianza que alguna vez el país tuvo en ustedes. No has querido reconocerlo. La soberbia, que es hija del poder y fuente de todos los pecados, te cegó. Tu guerra, Felipe, aunque lo niegues, es hija de una bovina subordinación de la agenda de seguridad de nuestro país a la agenda de seguridad de los Estados Unidos que en buena parte está fincada en una estupidez decretada hace 40 años por Nixon: “La guerra contra las drogas”. Las drogas, la historia lo demuestra con la prohibición y la legalización del alcohol en EU, es un asunto de salud pública, de libertades y de controles del mercado y del Estado, jamás un asunto de seguridad nacional. Por eso Obama –que aunque sabe de la estupidez de esta guerra que está poniendo en crisis la democracia internacional, no ha hecho nada por detenerla– te llamó con fina ironía “Eliot Ness”. Ness, que al igual que tú, quiso, desde un puritanismo policiaco, erradicar a sangre y fuego a las mafias de Chicago, se hundió en la oscuridad y el fracaso cuando Rooesvelt, en un acto de profundo republicanismo, legalizó el alcohol para desarticular realmente a las mafias y reducir la criminalidad y la corrupción que habían aumentado exponencialmente en los Estados Unidos con la Ley Seca.
No has querido reconocer tampoco, como quizá Ness nunca lo entendió –al fin y al cabo no era un político sino un policía– que tu estrategia de golpear a las cabezas de los carteles lo único que ha traído es el aumento de la verdadera criminalidad –la trata de personas, las desapariciones, el secuestro y la extorsión—, la atomización de los carteles en infinidad de células delictivas y una mayor corrupción de los gobiernos, de los partidos y de los estados. El 98 o 95% de impunidad hablan de instituciones corrompidas a grados criminales que nos han llevado a las consecuencias de estas elecciones ignominiosas que en su fragmentación abonan a la emergencia nacional en la que tu guerra nos metió.
Reconociste, sin embargo, en los diálogos que sostuvimos en el Alcázar del Castillo de Chapultepec, lo que esa visión puritana y corta, obstinada en la violencia como método, no te había dejado reconocer: la existencia de las víctimas que tú habías reducido a un “se están matando entre ellos”, a “algo habrán hecho”, a “bajas colaterales” que se reducían al 1%. Un lenguaje que, con el estropajo del eufemismo, es el mismo que usaron los nazis para justificar el crimen y hacérselo justificar a una nación: “son piojos, son liendres, son ratas, son cerdos”, un discurso que proviniendo del Estado, que está para resguardar la seguridad de los ciudadanos y perseguir el crimen, es profundamente violatorio de los derechos humanos y absolutamente criminal. Te vi entonces abrazar conmovido a doña María Herrera, con 4 hijo desaparecidos que el Estado vergonzosamente no ha podido todavía encontrar—y acordar con el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD) tres cosas: la creación de una Procuraduría de Atención a las Víctimas, el compromiso de hacer un memorial en el bosque de Chapultepec y una Ley general de Víctimas de la violencia y del abuso del poder. Un poco de alivio para la irreparabilidad de la muerte.
Por desgracia, Felipe, la forma en la que el Ejecutivo ha asumido esos compromisos, lo único que ha hecho es ofendernos y reiterarnos el desprecio que tienes por las víctimas y por la patria. En el segundo diálogo que sostuvimos en el Alcázar del Castillo de Chapultepec, recuerdo que te dije que en ti había “la tentación del autoritarismo”. Me dijiste, ofendido y omitiendo la palabra “tentación”, que tú no lo eras, de lo contrario no estarías allí dialogando de cara a la nación con nosotros. Sin embrago, la manera en que dices haber honrado los acuerdos que establecimos, es un signo, en su unilateralidad y su rebajamiento, de que caíste en esa tentación y de que tus acuerdos sólo fueron simulaciones mediáticas. Creaste la Procuraduría de Atención a Víctimas (Províctima) sin consultarnos, sin acordar con nosotros y nuestros expertos sus formas, sus dimensiones y su operatividad, y la convertiste en una caricatura, en un engendro maquillado de honradez.
Aunque está formada por gente honesta, a la que respetamos, Províctima carece del dinero, del personal y de la dimensión adecuada para atender la enorme cantidad de víctimas que, humilladas por el crimen y criminalizadas y despreciadas por el Estado, no sólo no han encontrado un gramo de justicia, sino que incluso, muchas de ellas, han perdido su escaso patrimonio, haciendo, en la búsqueda de sus hijos desaparecidos, las labores de investigación que las procuradurías no hacen. Te recuerdo, incluso, a Nepomuceno Moreno, un padre que caminó a nuestro lado kilómetros y kilómetros no sólo buscando a su hijo y la justicia que se le debía, sin a los hijos y la justicia que se les debe a miles de otros que, como él, han perdido todo. Ese hombre, que te expuso en el Alcázar su situación, que te pidió que lo protegieras porque estaba amenazado, ahora está muerto y Províctima ha sido incapaz de encontrar justicia para él y para su hijo. Esa es la situación de la mayoría de las víctimas de tu guerra, querido Felipe, y esa es la incapacidad de una cosa tan miserable en su realización como Províctima.
Después, te recuerdo, nos sentamos con el Ejecutivo para avanzar en los compromisos del Memorial. Nosotros ya teníamos el acuerdo del Gobierno del DF y del Consejo Ciudadano del Bosque de Chapultepec para que se realizara en el mismo bosque como habían sido los compromisos. Teníamos también el apoyo del equipo de Arquina para lanzar las bases para los proyectos y comenzar el proceso de rescate de una memoria que tu gobierno se ha obstinado en borrar. Sin entender nada de lo que un memorial significa en los procesos de reconciliación y de paz, tu equipo, apoyado por unas cuantas víctimas a modo –siempre te han gustado las víctimas a modo—y no por las miles de víctimas anónimas, criminalizadas y humilladas por el Estado, que representa el MPJD y el equipo del padre Alejandro Solalinde, impusieron hacer no un memorial, sino un monumento y, colmo del absurdo, al lado del Campo Militar. No tuvimos más remedio que levantarnos de la mesa. No se dialoga con imposiciones y con una profunda incomprensión de lo que un memorial significa como proceso de paz, de memoria y de reconciliación. Es negar la guerra, negar el dolor, negar la memoria de los muertos y de la verdad de un país desgarrado y necesitado de justicia, de paz, de dignidad. Ese monumento, Felipe, será, en su burla y en su desprecio por las víctimas, tan ignominioso como tu Estela de Luz. Nosotros, sin embargo, lo haremos con los ciudadanos de este país.
Ahora, para cerrar con broche de oro, vetó la Ley General de Víctimas, no sólo contra la palabra dada (usted mandó a hacer esa ley al Inacipe, y esa ley, enriquecida por la que hizo la UNAM a petición de los legisladores después del diálogo que sostuvimos con ellos, también en el Alcázar, es la que aprobaron las cámaras), sino que, contraviniendo los tiempos mandatados por la Constitución (tengo aquí, frente a mis ojos, el oficio que el 29 de junio, día en que expiraba el plazo para publicar la Ley de Víctimas, el presidente de la Cámara del Senado, José González Morfín, un panista, envió al secretario de Gobernación, Alejandro Poiré, para “que se publique en el Diario Oficial de la Federación el decreto por el que se expide la Ley General de Víctimas, aprobada por el Congreso de la Unión el 30 de abril del año en curso), jugando electoralmente con las víctimas, envió sus observaciones, una forma elegante de vetar la ley, el 1 de julio, pocos minutos después de que Josefina Vázquez Mota reconocía su derrota electoral. Ese gesto, Sr. Presidente, además de contravenir un mandato constitucional, es un desprecio más hacia las víctimas, un desprecio a los juristas del Inacipe, a los de la UNAM, a los de muchas organizaciones civiles que participaron en su elaboración y a las cámaras que la aprobaron por unanimidad.
Ciertamente, como Presidente de la República, le compete el derecho de hacer las observaciones que considere necesarias a esa y a cualquier ley –toda ley es siempre perfectible–, y aunque muchas de ellas no merecen ninguna atención, sobre todo la que tiene que ver con el dinero (cuando usted ha invertido millones de dólares para hacer una guerra, cuando su gobierno destinó mil 500 millones de pesos para esa oprobiosa obra que agudamente Juan Villoro llamó “Esquela de Luz”, cuando se invirtieron 25 mil millones de pesos en las elecciones de la ignominia que acabamos de tener y se han decomisado millones de dólares al crimen organizado, decir que no hay suficiente dinero para las víctimas es de una desvergüenza intolerable), estamos dispuestos a revisarlas con el Ejecutivo, pero en el momento en que la Secretaría de Gobernación la publique, como lo manda la Constitución. Sentarnos de otra manera con el Ejecutivo sería no sólo convalidar la traición a una palabra dada a las víctimas, sino violentar lo poco que aún queda de decencia en las instituciones. Nosotros, Sr. Presidente, quienes seguimos sosteniendo que el diálogo es uno de los rostros más altos de la democracia y, por lo mismo, tenemos una alta idea de lo que hablar significa, no nos sentaremos a ninguna mesa en donde a la palabra se le ha prostituido y en donde a la Ley General de Víctimas, que es una ley de víctimas de la violencia y de la violación de los derechos humanos, se le quiere rebajar a una ley de víctimas del delito, palabra esta última que el secretario de Gobernación ha usado constantemente para referirse a la ley en sus declaraciones.
En el último diálogo que sostuvimos con usted en el Alcázar del Castillo de Chapultepec, Emilio Álvarez Icaza le dijo que aún no terminaba su mandato, que le quedaba todavía tiempo suficiente para tomar el camino de las víctimas, y no lo hizo o lo ha hecho muy mal, como ha hecho esta guerra. Pero yo le digo que, aunque el tiempo de su presidencia se acorta, aún puede, si escucha el corazón de Felipe y desde allí pone un coto a la soberbia del poder, enmendar lo que tan mal ha hecho, es decir, publicar esa ley y dejar la Presidencia con un gramo de honorabilidad.
Nosotros, Sr. Presidente, el 12 de agosto saldremos, con los escasos recursos con los que contamos, en una larga caravana a EU a decir a sus ciudadanos y a su gobierno lo que ni usted ni ninguno de los candidatos ni de los partidos se ha atrevido a decirles: que esta guerra absurda y perdida es también responsabilidad suya y que debemos detenerla porque está destruyendo a nuestra nación y está poniendo en peligro la democracia en el mundo. Pero, usted, Sr. Presidente, con su actitud y su desprecio a las víctimas, no nos está ayudando a ello. ¿Tendremos también que hablarle fuerte desde allá?
Yo, desde el asesinato de mi hijo, dejé de escribir poesía –las palabras y la vida que ustedes y los criminales han degradado ya no me alcanzan para esa sacralidad–, pero constantemente leo a los poetas. Hace poco releí el poema Helena, de Giórgos Seféris –léalo, Sr. Presidente, y lea a los poetas: son grandes reveladores del sentido y de la dignidad de la palabra–. El poema relata el extravío de un soldado que vuelve de la guerra de Troya en una isla llamada Platres, que en realidad es una aldea montañosa que se encuentra en Chipre, donde quizá estaba Seféris cuando escribió el poema. En esa isla el soldado se da cuenta de que Helena, por la que hicieron la guerra durante 10 años y la tierra y el mar se inundaron de cadáveres, de sangre y de dolor, nunca estuvo en Troya, fue una ilusión, “una prenda vacía”. Un estribillo terrible acompaña el poema: “Los ruiseñores no te dejarán dormir en Platres”. Usted, Sr. Presidente, se parece a ese soldado.
La diferencia es que usted, semejante a Agamenón, sabiendo que era una ilusión lo que perseguía, condujo esta absurda guerra. Sobre usted “pesa el grave dolor” que “ha llovido” sobre México; pesan miles de “cuerpos lanzados a las fauces del mar”, miles de “almas trilladas cual espiga en piedras de molino” y “ríos” que “exudaban entre el lodo la sangre”; pesan miles de viudas, de huérfanos y de desaparecidos, pesan los miles de desplazados. Si usted, Sr. Presidente, no toma el camino de la justicia que les debe, si continúa humillándonos y traicionando su palabra, los muertos y las víctimas no lo dejaremos dormir en ningún sitio.”

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