Directorio

03 julio 2015

El Problema de la Carlos González

Por Jorge Esteban López García

Es muy sencillo decir esto: No soportamos los cambios. Hace unos meses la Secretaría de Educación Pública (SEP) y la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), ofrecieron a Tlaxco una Biblioteca Digital para el pueblo, la cual sólo requería de buenas instalaciones y que fueran accesibles a todo el municipio.
Hace unos días la SEP de Tlaxcala decidió pasar a los alumnos que ocupaban el antiguo edificio de la Carlos González, al nuevo. Algunos padres de familia se negaron y manifestaron su negatividad frente al Presidente Municipal de Tlaxco, incluso aseguraron que ese edificio sería para uso del ayuntamiento, para hacer un centro comercial, para que un particular se adueñara, para derribarlo, para muchas ocupaciones. 
La institución que dirige el destino de la educación en México, en este caso Tlaxcala, inicio la construcción del nuevo edificio en el período de Rosalinda Muñoz Sánchez y la continúa en el actual período. Como institución que gobierna la educación en México, tomó la decisión de mudar la escuela porque ya era necesario. Para muchos su error fue temporal, nunca debieron hacerlo en ese momento. Para otros, el error fue no informar con exactitud lo que pasaba. El edificio se gobierna por la SEP, no por el Ayuntamiento de Tlaxco. 
Lo cierto es que esa escuela, más allá de que tenga fisuras, grietas, goteras y que se pueda derrumbar en cualquier momento, es insuficiente y nunca estuvo diseñada para ser escuela, pues las normas educativas de la actualidad y el sentido común, indican que debe haber espacios amplios de esparcimiento, áreas verdes y lugares donde los niños puedan desarrollar sus habilidades físicas y no sólo intelectuales. Todos los alumnos de esta institución cruzaban diariamente la calle para ocupar el patio del Centro Cultural y allí realizar sus actividades físicas.
En este caso, el edificio de la Carlos González es un símbolo de la educación en Tlaxco, sobre todo para los que estuvieron allí cuando se inició. Pero se debe entender que todo cambia y que el edificio es insuficiente, así como el Palacio Municipal será insuficiente en 10 años para albergar oficinas. Debemos entender, como pueblo, que son necesarios estos cambios, no por interés personal, porque así es.
Complicado es ahora porque alguien permitió que Antorcha Campesina entrara en el problema, incluso ya ofrecen Cursos de Verano y de Regularización. Desde cuándo un grupo de ciudadanos se manda solo. Muchas personas que iniciaron la escuela estaban felices de que al edificio se le diera otra ocupación, que siguiera su labor educativa y cultural. Ahora el problema es mayor, ya no sólo solventar todas las deficiencias del nuevo edificio, solucionar el problema con los padres de familia que se niegan al cambio y lidiar con la organización social que nada tiene que ver en el asunto.
El otro problema es evitar que la Biblioteca Digital de la UNAM se vaya a otro municipio, pues no se cuenta con pronta solución por parte de la SEP y por parte de los Padres de Familia, quienes son los verdaderamente implicados.
Desgraciadamente (será parte de la temática del museo de Tlaxco), los tlaxquenses nos negamos a colaborar, queremos lo que "me" conviene, no lo que "nos" conviene a todos (Por cierto, este museo estaba pensado instalarse en ese edificio, la SEP ya lo había aprobado).        

Candidatas a Señorita Tlaxco 2015










02 julio 2015

Celebración del Calvario



La celebración del Calvario estuvo enmarcada por el recuerdo de quien por muchos años lo habitó, en esta ocasión ausente. También estuvo enmarcada por mucha gente, quien desde las 19:00 hrs. se acercó para iniciar la celebración de esta pequeña capilla. 
Bonita como siempre, la Capilla del Calvario es el símbolo católico del Centro del Municipio de Tlaxco, allí se inicia la celebración de la Semana Santa.  

Exposición Colectiva del Palacio Municipal







Una docena de pinturas se exponen en el Patio del Palacio Municipal, forman parte de una colección de alumnos de Artes Plásticas de la Universidad Autónoma de Tlaxcala, quienes buscan su estilo propio y llevar un mensaje de vida en este mundo desastroso.  
La exposición estará hasta el 10 de julio y forma parte de las actividades culturales de la Coordinación de Cultura del Ayuntamiento de Tlaxco, encabezada por Jorge Esteban López García.

Día de la Familia




El Instituto de Educación Media Superior, Miguel de Cervantes Saavedra, realizó su tradicional Día de la Familia, donde padres e hijos conviven mediante juegos y un delicioso desayuno.
Esta actividad se realizó en el Rancho El General y forma parte de los proyectos de desarrollo educativo de la institución, donde se pide que los padres se integren en las actividades educativas de sus hijos.
Esta actividad se realizó el 25 de junio, siendo una de las últimas reuniones de alumnos con maestros. Como se puede ver en las imágenes, los participantes desarrollan y activan muchas habilidades físicas e intelectuales, sociabilizando y aprendiendo.

30 junio 2015

Certamen Señorita Cruz Roja 2015






Presentamos algunas imágenes del certamen Señorita Cruz Roja 2015, realizado el viernes 26 de junio, en el que ganó la hermosa Daniela. 
Con mucho entusiasmo, ella promete llevar el mensaje de la Cruz Roja a todo el municipio de Tlaxco. 

29 junio 2015

Por ejemplo, un puñado de sal

Juan Villoro

Cuando agon­i­z­aba el siglo xx, mi padre con­vocó a sus hijos a una comida de fin de año en un restau­rante de la colo­nia Con­desa. Mis her­manos viven fuera de la ciu­dad de Méx­ico, de modo que la reunión se revestía de un aire de sin­gu­lar­i­dad. En algún momento de la sobremesa, la con­ver­sación lan­guide­ció, como ocurre cuando las cosas urgentes ya se han dicho y escasean las anéc­do­tas de la vida en común.

Para aliviar el silen­cio, pro­puse un juego. Sigu­iendo el ejem­plo de la revista Time, debíamos escoger al hom­bre o la mujer del siglo.

Fiel a su hábito de inter­rogar antes de respon­der, usando cuidadas con­ju­ga­ciones, el filó­sofo dijo:

–¿Por qué habríamos de escoger a una persona?

–Imag­ina que inte­gramos la redac­ción de un per­iódico y debe­mos decidir quién fue la figura más influyente del siglo xx –opiné con entu­si­asmo publicitario.

–¿Y qué clase de per­iódico es ése? –pre­guntó mi padre con desconfianza.

–No sé, uno hecho por nosotros.

–¿Y por qué habríamos de fun­dar nosotros un periódico?

–¡Porque ya no ten­emos de qué hablar! –comenté con desesperación.

Esto lo hizo reír y aceptó el juego.

La primera can­di­datura vino de mi her­mano Miguel. Doc­tor en Física, eligió al cien­tí­fico por antono­ma­sia que quiso hal­lar las llaves del uni­verso: Albert Ein­stein. Sabi­endo que tenía pocas posi­bil­i­dades de tri­un­far, yo elegí a un héroe de la con­tra­cul­tura, capaz de cam­biar la vida con la música y de cal­cu­lar cuán­tos agu­jeros se nece­si­tan para llenar el Albert Hall: John Lennon. No recuerdo otras prop­ues­tas, pero sí el silen­cio de mi padre. Para ani­marlo a par­tic­i­par, recita­mos nom­bres de filó­so­fos, hasta que habló con el har­tazgo de un papá que en una fiesta infan­til es acosado por las cari­cias pega­josas de sus niños:

–¡Claro que no! Ningún filó­sofo ha sido tan impor­tante –hizo una pausa para que aquilatáramos el peso de sus pal­abras, y añadió–: En el siglo xx nadie ha sido tan sig­ni­fica­tivo como Gandhi.

La dis­cusión sobre los méri­tos de los dis­tin­tos can­didatos subió de tono. La causa de ello fue mi padre. No hay nada más serio en el mundo que un niño jugando. Lo segundo más serio, es un filó­sofo jugando. Mi padre siguió argu­men­tando con tal enjun­dia que sen­ti­mos que, si no le dábamos la razón, se aver­gon­zaría de nosotros.

–¿Saben ust­edes lo que sig­nifica dar ejem­plo? –nos preguntó.

Un silen­cio rev­er­en­cial siguió a sus palabras.

–No esta­mos juz­gando un con­cepto ni una idea –añadió–, esta­mos eval­u­ando el peso de una vida. Enten­der el mundo es más sen­cillo que cam­biar el mundo.

Una vez más, com­pro­bamos que nunca ninguno de nosotros lo haría cam­biar de opinión. No opin­aba con agre­sivi­dad pero sí con vehe­men­cia. El tema le había intere­sado de un modo pre­ocu­pante: rev­e­laba nues­tra falta de pasión para respal­dar a nue­stros pro­pios candidatos.

–Ust­edes me van a per­donar –añadió casi molesto–, pero todo conocimiento es frívolo com­parado con una con­ducta íntegra.

Recordé entonces algo que me dijo en mi infan­cia acerca de George Wash­ing­ton. Muy rara vez trató de con­ta­gia­rme sus pref­er­en­cias; deseaba que yo deci­diera las mías, pasán­dolas por el tamiz de la razón. Su idea de la ped­a­gogía lo llev­aba a respetar el libre albedrío de un modo irrestricto, algo incó­modo para un niño que no sabía cómo usarlo.

Mi padre admiraba a Wash­ing­ton, no tanto por haber con­tribuido a la inde­pen­den­cia de Esta­dos Unidos, sino porque jamás había dicho una men­tira. “¿Ni de niño?”, le pre­gunt­aba yo. “¡Jamás!”, respondía él. Podía sacar el tema en una sobremesa, mien­tras mane­jaba su Opel o al hacer cola para el cine. Siem­pre lo abor­d­aba con una pre­gunta retórica, como si no hubiéramos tratado antes el asunto: “¿Sabes quién fue Wash­ing­ton?” Aunque mi respuesta era afir­ma­tiva, salía en tono vac­ilante (sospech­aba que, en vez de repren­derme en forma directa por alguna de mis men­ti­ras, mi padre men­cionaba a Wash­ing­ton para que yo recor­dara la inque­brantable vir­tud de la ver­dad). La edu­cación suele tener resul­ta­dos paradóji­cos; acaso ese ejem­plo admon­i­to­rio sirvió para que yo me intere­sara en los cues­tion­ables pero lib­er­adores recur­sos de la ficción.

Muchos años después, en el crepús­culo del siglo xx, mi padre volvía a la carga con otro ejemplo:

–Gandhi der­rumbó un impe­rio con un puñado de sal.

Se refería a la céle­bre car­a­vana de vein­tic­u­a­tro días hasta la ciu­dad de Dandi para protes­tar por el impuesto a la sal. El gob­ierno británico juzgó que un movimiento que enar­bo­laba una causa tan pre­caria estaba con­de­nado al fra­caso. Pero el abo­gado a quien Rabindranath Tagore lla­maría “Mahatma” (“Alma Grande”) sabía que nada es tan urgente como lo más sen­cillo. ¿Puede ser fre­nada una rev­olu­ción que proclama el dere­cho al aire, el agua o la sal de la Tierra? Al lle­gar a la meta, Gandhi tomó un puño de sal y dijo: “Estoy sacu­d­i­endo los cimien­tos del impe­rio británico”.

Mi padre recordó la escena con tal entu­si­asmo que no advir­tió que había tomado un cuchillo y lo blandió ante nosotros.

–Gandhi era paci­fista –dije.

–¡Por supuesto!

–Tienes un cuchillo en la mano.

Miró con sor­presa ese objeto del mundo real, son­rió ante la comi­ci­dad del des­tino, tal vez pensó en la rueda del cos­mos y la trans­for­ma­ción de la mate­ria, y señaló el salero con la serenidad de quien llega a una con­clusión satisfactoria:

–Gandhi, el hom­bre del siglo es Gandhi.



Filosofía y vida

Algu­nas décadas antes, Luis Vil­loro Toranzo había par­tic­i­pado en un curioso ejer­ci­cio prop­uesto por su mae­stro José Gaos. Hasta sus últi­mos días, mi padre admiró al repub­li­cano español que tradujo a Mar­tin Hei­deg­ger y llevó la filosofía mex­i­cana a un plano superior.

Pero en 1958 ocur­rió algo pecu­liar. El ya leg­en­dario pro­fe­sor decidió lla­mar a sus cua­tro prin­ci­pales dis­cípu­los –Emilio Uranga, Ale­jan­dro Rossi, Ricardo Guerra y Luis Vil­loro– para invi­tar­los a un sem­i­nario que se reuniría una vez al mes a lo largo de un año para revisar los fun­da­men­tos de su ofi­cio. Una pre­gunta deci­siva interesaba a Gaos: “¿En qué momento pre­ciso comenzó el interés por la filosofía y a qué se debía haber per­se­ver­ado vital y pro­fe­sion­al­mente en esa dis­ci­plina?” En otras pal­abras, el mae­stro plante­aba la relación entre filosofía y forma de vida. Los cua­tro en cuestión ya habían dejado de seguir sus cur­sos; eran filó­so­fos for­ma­dos, que comen­z­a­ban su propia trayec­to­ria. En 1950, año de la apari­ción de El laber­into de la soledad, mi padre había pub­li­cado la ver­sión en libro de su tesis de doc­tor­ado, Los grandes momen­tos del indi­genismo en Méx­ico. Con­ta­giado por el fer­vor nacional­ista de la década de los cin­cuenta, par­ticipó en el grupo Hiper­ión, inte­grado por filó­so­fos de su gen­eración, donde dis­cutían el con­cepto de “iden­ti­dad” y la especi­fi­ci­dad del ser del mexicano.

En 1958 ya con­taba con otros inter­locu­tores, más cer­canos en edad, y veía con dis­tan­cia crítica a quien quiso ser por última vez mae­stro de sus cua­tro alum­nos preferi­dos para dis­cu­tir con ellos el futuro, la vida por delante. Dis­cípulo de Ortega y Gas­set, Gaos con­sid­er­aba que las cir­cun­stan­cias de vida definían la man­era de pen­sar y deseaba cono­cer la opinión de sus mejores alumnos.

Los sal­dos de este colo­quio pri­vado se conocieron ape­nas en 2013, gra­cias al impre­scindible libro Filosofía y vocación, preparado y edi­tado por Aure­lia Valero Pie, con epíl­ogo de Guillermo Hurtado.

¿Qué sucedió en aque­l­las dis­cu­siones? Con la seguri­dad, no despro­vista de arro­gan­cia, de quienes se saben dueños de sus propias armas, los jóvenes filó­so­fos repu­di­aron a su mae­stro y se repu­di­aron entre sí. Todos con­sid­er­aron que la filosofía era una dis­ci­plina rig­urosa que podía ejercerse al mar­gen de las tribu­la­ciones del des­tino per­sonal, y mi padre insis­tió en el carác­ter no filosó­fico de una prop­uesta que plante­aba, simultánea­mente, una per­se­ver­an­cia “pro­fe­sional” y “vital”: “Los motivos per­son­ales que con­ducen a la acti­tud filosó­fica pueden ser diver­sos, mas todos tienen en común for­mar parte del orden mun­dano o pre­filosó­fico (…) Es pro­pio de la filosofía comen­zar donde ese orden ter­mina (…) Sería un cír­culo pre­tender explicar por el orden mun­dano nat­ural una acti­tud que con­siste en pon­erlo en cuestión”.

Aunque los dis­cípu­los de Gaos coin­ci­dieron en rec­hazar el planteamiento, dis­creparon en la forma de hac­erlo. El favorito de los cua­tro, a quien el mae­stro llam­aba primus inter pares, Emilio Uranga, arremetió con bril­lante sar­casmo con­tra sus cole­gas. Acusó a Ricardo Guerra de argu­men­tar como un rotario, a Ale­jan­dro Rossi de explicar todo lo que la filosofía no es y ser inca­paz de decir lo que sí es y a Luis Vil­loro de con­ducirse con la cal­cu­lada humil­dad de una vedette. El saldo de ese sem­i­nario infor­mal se parece más a una obra de teatro que a un encuen­tro filosó­fico. En su última inter­ven­ción, mi padre hizo un lla­mado a la pru­den­cia, solic­i­tando que la tri­fulca no se diera a conocer.

Lo sig­ni­fica­tivo, para efec­tos de este escrito, es que mi padre rec­hazó entonces lo que, con los mat­ices del caso, defend­ería el resto de su vida: la filosofía como forma de vida. Es posi­ble que nece­si­tara pasar por el expe­di­ente freudi­ano de “matar al padre” para estable­cer su pro­pio camino. Lo cierto es que pos­te­ri­or­mente aso­ció la reflex­ión con la par­tic­i­pación y juzgó, de man­era ya inmod­i­fi­ca­ble, que la vida cor­rob­ora el pen­samiento. En la página final de su teoría del conocimiento, Creer, saber, cono­cer, pub­li­cada en 1982, habla del papel eman­ci­pador del conocimiento para crear “una comu­nidad humana libre de suje­ción”, y con­cluye con una pre­gunta: “¿Qué papel desem­peña la razón en la lucha por lib­er­arnos de la dom­i­nación?” Este salto de la teoría a la praxis sólo se puede realizar si el pen­samiento encarna en for­mas de la acción; es decir, en prác­ti­cas de vida.

La dis­cusión con Gaos anticipó el der­rotero de los otros tres alum­nos, pero no el de mi padre. Como ha señal­ado con acierto Car­los Pereda, en su primer libro, Los grandes momen­tos del indi­genismo en Méx­ico, Luis Vil­loro dio un rodeo para lle­gar al mundo indí­gena. No estudió a los pro­tag­o­nistas sino a sus intér­pretes, los tem­pra­nos antropól­o­gos del nuevo mundo. Este interés por los estu­diosos de la alteri­dad antic­i­paba una pro­gre­siva aten­ción hacia el ter­ri­to­rio de los hechos, hacia la forma en que un filó­sofo puede par­tic­i­par en su circunstancia.



La madru­gada del mundo

El 31 de diciem­bre de 1993 mi padre jugaba aje­drez con mi her­mana Renata, mien­tras con­tem­pla­ban el atarde­cer en el lago Ati­tlán, en Guatemala. El último sol del año descendía tras las mon­tañas y ellos movían piezas sin saber que, no lejos de ahí, algo cam­bi­aba en el tablero del mundo. Unas horas más tarde, la rebe­lión zap­atista actu­al­izó las deman­das de los pueb­los indios y demostró que el rezago de dece­nas de comu­nidades no era un tema digno de los museos de etno­grafía, sino una urgen­cia que debía entrar a la agenda de la modernidad.

A par­tir de ese momento, el estu­dioso de Sahagún, Las Casas, Clav­i­jero y Vasco de Quiroga, se con­vir­tió en inter­locu­tor de las comu­nidades indí­ge­nas, no con el afán de acon­se­jar­las o ilus­trar­las, sino para apren­der de ellas. Se cerró así un sor­pren­dente giro vital: de la reflex­ión indi­genista ini­ci­ada en los años cin­cuenta en la que era intér­prete de los primeros intér­pretes, mi padre se trans­formó en tes­tigo pres­en­cial, pro­lon­gando el linaje de Sahagún.

Su última obra, La alter­na­tiva, aún inédita, es una reflex­ión sobre el paso de la democ­ra­cia rep­re­sen­ta­tiva a la democ­ra­cia directa. El libro pro­longa una obra pre­via, El poder y el valor, y estu­dia la relación entre ética y política en las Jun­tas de Buen Gob­ierno de la zona zapatista.

La paradoja de la con­tribu­ción moral a la política es que suele venir de quienes bus­can el poder sin afán de ejercerlo. “Para nosotros, nada; (…) ayú­den­nos a no ser posi­bles”, expresó el Sub­co­man­dante Mar­cos. Las luchas de Gandhi y Mar­tin Luther King rep­re­senta­ban para mi padre momen­tos supe­ri­ores en los que se trans­forma la sociedad sin bus­car el usufructo del poder, y la gesta zap­atista aparece en sus pági­nas como un episo­dio deci­sivo de esa tradi­ción. La pre­gunta con que final­izó Creer, saber, cono­cer en 1982 obtenía respuesta en 1994.

El entu­si­asmo de mi padre por el movimiento zap­atista no se podría enten­der sin su apre­cio por las figuras-puente, los het­ero­doxos que bus­can “man­dar obe­de­ciendo” y ejercen una moral­i­dad pro­fana. Se trata de seres que se real­izan a través del otro y asumen los desafíos de la neg­a­tivi­dad (dicen no al poder, a la riqueza e incluso a la iden­ti­dad per­sonal, trans­fig­urán­dose en Mahatma, Mar­cos o Votán Galeano). La meta de estos líderes es, por defini­ción, inal­can­z­able, pues extien­den su hor­i­zonte a medida que se aprox­i­man a él. Su trayec­to­ria no con­cluye, se inter­rumpe, a través de la dis­olu­ción de la iden­ti­dad (Mar­cos) o el sac­ri­fi­cio (Gandhi, Luther King).

Isabel Cabr­era advir­tió que en los tex­tos de filosofía de la religión de Luis Vil­loro hay siem­pre un “toque de rev­er­en­cia”. Lo mismo se puede decir de su man­era de enten­der a los trans­for­madores altru­is­tas de la realidad.

Edu­cado por los jesuitas en el cole­gio de Saint Paul, en Bél­gica, el joven Vil­loro se interesó menos en el cumplim­iento de los rit­uales reli­giosos que en el sen­tido mismo de la fe. Su her­mano mayor, Miguel Vil­loro Toranzo, sería jesuita y jurista. Con fre­cuen­cia, bromeábamos diciendo que el más creyente de los dos era mi padre. Ajeno a la orto­doxia católica y ene­migo de la idea de pecado, el menor de los her­manos se con­ducía como quien tiene una mis­ión ulte­rior. Jamás pen­samos que al estar con nosotros sólo estu­viese con nosotros. Su mente deam­bu­laba por otro sitio.

En algún momento, mi abuela materna me dijo que mi padre era “comu­nista”. A los 6 o 7 años, creí enten­der que eso sig­nifi­caba actuar en secreto, con una final­i­dad pro­hibida. Era fácil atribuir a mi padre la vida para­lela del espía, el inves­ti­gador pri­vado, el super­héroe, el mís­tico o el mil­i­tante clan­des­tino. Algo impor­tante se fraguaba en su cere­bro, algo inco­mu­ni­ca­ble y defin­i­tivo, que sólo pros­per­aba en cuidado ocultamiento.

Ser hijo de un filó­sofo no es muy dis­tinto a ser hijo de un agente doble, sobre todo si ese filó­sofo con­sid­era que pen­sar en forma clara y dis­tinta es una pos­tura de vida.

Cada vez que yo lle­gaba a pedirle dinero para una gui­tarra eléc­trica, lo encon­traba sum­ido en otras pri­or­i­dades. Tal vez pens­aba “¿Qué es una época?”, tema al que dedicó sus­tan­ciosas reflex­iones, al mar­gen de las moles­tias de su pro­pio tiempo, donde su hijo no con­seguiría una Fender Telecaster.

Mi padre entendía su dis­ci­plina como una activi­dad que puede salir al aire libre o cam­biar el mundo, pero tenía una mar­avil­losa capaci­dad para abstraerse de todo lo que no le interesaba. Su madre lo llam­aba El Caballero del Silen­cio, y mi her­mana Renata se acer­caba en sig­ilo al sofá donde él estaba recostado, viendo el techo: “¿Qué haces, papá?”, le pre­gunt­aba; “Estoy pen­sando”, decía el padre que se gan­aba la vida con la mente.

Cuando Héc­tor Men­doza filmó La Suna­mita, en 1965, para par­tic­i­par en el Primer Con­curso de Cine Exper­i­men­tal, no contó con sufi­ciente pre­supuesto para con­tratar actores, de modo que hizo un cast­ing entre los mae­stros de la Fac­ul­tad de Filosofía y Letras. “Tengo un papel per­fecto para ti”, le dijo a mi padre, que había actu­ado en Gua­na­ju­ato en los Entreme­ses Cer­van­ti­nos y ganado con­cur­sos de ora­to­ria en el bachiller­ato de los jesuitas. El per­son­aje elegido para el joven filó­sofo no sor­prendió a nadie. En efecto, se trataba de un sacerdote.

Las libre­tas de juven­tud de mi padre (casi todas dimin­u­tas, de pasta negra) rep­re­sen­tan una can­tera impre­scindible para cono­cer una mente en for­ma­ción. En enero de 1941, a los 19 años, escribe en una de ellas un ensayo sobre “El prin­ci­pio activo de la mate­ria y la exis­ten­cia de Dios”. Ahí apunta: “En la mate­ria pasiva había com­pleto equi­lib­rio, com­pleta igual­dad de energías; para poder orig­i­nar esa desigual­dad [a través de un] prin­ci­pio de acción, hizo falta que la mate­ria pasiva ‘actu­ase’, tra­ba­jase (ya sea atrayendo y liberando energía, ya sea por medio del movimiento o por otro medio), de man­era de dese­qui­li­brar lo equi­li­brado. ¿Y cómo podemos admi­tir que ese ‘prin­ci­pio de iner­cia’ que no posee ninguna activi­dad, que sólo es capaz de recibir impul­sos extrínsecos, sacara de sí misma la fuerza nece­saria para eje­cu­tar ese dese­qui­lib­rio? (…) ese prin­ci­pio de activi­dad, ese dese­qui­lib­rio, sólo puede ser orig­i­nado por una causa extrínseca a la mate­ria y por tanto espir­i­tual, en otras pal­abras: por Dios”. Poco más ade­lante remata con exaltación: “Una vez más vemos que las teorías cien­tí­fi­cas no hacen más que con­fir­mar los datos de la fe”. En esa misma época, con­cibió un ensayo con el título de “Segunda prueba de la exis­ten­cia de Dios”.

De vez en cuando los cuader­nos se apartan de temas reli­giosos. De pronto, un poema de amor rev­ela que el autor es un hom­bre dis­puesto a “cono­cer el siglo”, como se decía entonces para aludir, no a los tra­ba­jos del tiempo, sino a lo que las mujeres provo­can en el tiempo.



La muerte de dios y la pres­en­cia de lo otro

A los 24 años, mien­tras cursaba la car­rera de Med­i­c­ina que luego cam­biará por la de Filosofía, mi padre ini­ció un cuaderno ded­i­cado a los “Tra­ba­jos para el lab­o­ra­to­rio de bio­química”. Unas cuan­tas pági­nas después, se apartó de esos temas para reflex­ionar sobre la visión mís­tica. Más ade­lante, bosquejó una trage­dia sobre Caín y Abel en la que se pro­ponía estu­diar la inter­de­pen­den­cia entre el bien y el mal. Dios nece­sita que Caín encarne el odio; en con­se­cuen­cia, para amar a Dios, Abel debe darle espa­cio a ese odio. Ama tanto que admite lo con­trario al amor. El sub­tí­tulo de esta obra en proyecto, escrito a lápiz, es: “Bosquejo de una trage­dia fin­cada en la empatía”.

Max Weber trasladó el con­cepto de “carisma” del ámbito reli­gioso a la soci­ología. Mi padre hace un desplaza­miento sim­i­lar con la noción de “empatía”. En su primer tratamiento del tema depende de claves reli­giosas, pero poco a poco traslada el con­cepto a la ética de las creen­cias y la acción política.

Cuando aban­dona la Med­i­c­ina por la Filosofía, ha dejado de ser un hom­bre de fe, pero aún inter­roga lo inefa­ble. Esta pre­ocu­pación se pro­longa en sus cur­sos de filosofía de la religión y en numerosos ensayos pos­te­ri­ores. Isabel Cabr­era reunió estos tra­ba­jos bajo un título que alude al elu­sivo reverso de las cosas: Vis­lum­bres de lo otro.

Ale­jado de la doc­t­rina, Luis Vil­loro busca la com­pren­sión racional de un enigma que no deja de con­moverlo en lo más hondo. Su acti­tud se ase­meja a la del escritor más pro­fun­da­mente reli­gioso de la lit­er­atura mex­i­cana, José Revueltas. Sin ser creyente, el autor de Dios en la Tierra abordó la fe como un fenó­meno esen­cial para explicar lo humano. Com­partía con Dos­toievski el interés por las parábo­las morales, pero no encon­tró con­suelo en el catoli­cismo. Exil­i­ado de la fe, Revueltas quiso saber por qué los hom­bres nece­si­tan creer en lo indemostrable.

La acti­tud de mi padre es sim­i­lar. En el más lit­er­ario de sus tex­tos, “La mezquita azul”, se pre­gunta qué necesi­dad tiene alguien que no vive inmerso en lo sagrado de explo­rar la expe­ri­en­cia reli­giosa y responde: “Sólo un hom­bre divi­dido entre la nos­tal­gia por lo sagrado y la men­tal­i­dad racional­ista, cien­tí­fica, que com­parte con su época, puede sen­tir la urgen­cia de jus­ti­ficar su creen­cia en lo otro, porque sólo así puede ser con­sis­tente con su con­cep­ción del mundo y pre­sen­tarla como acept­able para otros hom­bres (…) La labor del pen­samiento ha sido ‘pro­fanizar’ la creen­cia en lo sagrado (…) para que pueda acep­tarlo quien no vive habit­ual­mente en él (…) Su empeño paradójico ha sido con­ver­tir en razon­able lo indeci­ble. ¿Pero de qué otra forma podría la razón dar tes­ti­mo­nio de aque­llo que la rebasa?”

La filosofía establece un vín­culo entre una expe­ri­en­cia extra­or­di­naria, intrans­feri­ble, y el mundo pro­fano en el que ocurre; no resuelve el mis­te­rio de lo otro, pero explica las condi­ciones en que ocurre. En “Visión de la razón ante lo sagrado”, mi padre advierte: “Lo sagrado no es deter­minable por los con­cep­tos que usamos para tratar de obje­tos y de rela­ciones entre obje­tos; sin embargo, se mues­tra; puedo, por tanto, decir de él una sola cosa: que existe”.

El joven que demostraba la exis­ten­cia de Dios en sus cuader­nos se trans­formó en un “ciru­jano con­cep­tual”, como lo llama Isabel Cabr­era, el pen­sador que dis­ec­ciona sis­temas de creen­cias. Asumió otro reg­istro int­elec­tual, deter­mi­nado por la razón, pero con­servó un tem­ple emo­tivo ante la repentina apari­ción de lo sagrado.

En uno de sus cuader­nos de los años cuarenta, escribió a propósito de Dos­toievski: “La demostración de la inmor­tal­i­dad del alma y la exis­ten­cia de Dios es imposi­ble; lo posi­ble es con­vencerse”. Para ese momento ya no estu­di­aba la mate­ria en busca de la divinidad; reconocía lo inútil de ese empeño, pero refrend­aba la posi­bil­i­dad de creer sin evi­den­cia de por medio. El pro­pio Dos­toievski le fue esen­cial para dar este salto. A través de su con­cep­ción del “Dios oculto”, el nov­el­ista supedita la creen­cia al libre albedrío. Siendo Dios todopoderoso, podría man­i­fes­tarse con mila­gros y otros efec­tos espe­ciales para con­vencer a la humanidad entera. ¿Por qué no lo hace? La respuesta de Dos­toievski es que la fe sólo tiene sen­tido como con­se­cuen­cia de la lib­er­tad indi­vid­ual. La creen­cia debe ser deci­dida sin más prueba que la propia creencia.

En un ensayo de 2001 mi padre vuelve al tema de Dos­toievski: “El abate Zósima, per­son­aje de Los her­manos Karamá­zov, pred­ica el amor de Dios. Un dis­cípulo lo inter­rumpe y lo increpa: ‘¿Cómo voy a amar a Dios si no creo en él?’ y Zósima con­testa: ‘Ama a Dios y creerás en él’.” La fe existe en la prác­tica. El con­tacto con el bud­ismo afi­anzó esta idea en el filó­sofo de la religión: creer es un trayecto, una forma de vida que lib­era del sufrim­iento y la cár­cel men­tal del yo. En este sen­tido, la fe no depende de su inver­i­fi­ca­ble meta, sino de los pasos hacia esa meta.



La igle­sia y la mezquita

Dos esce­nas muy apartadas definen un estilo de pen­samiento. En un cuaderno de juven­tud, mi padre relata su visita a una igle­sia y la sobrecoge­dora expe­ri­en­cia que ahí recibe. ¿Cómo explicar esa sen­sación que carece de nom­bre y, sin embargo, trans­porta sen­so­rial­mente y ofrece pecu­liar con­suelo? Quien habla entonces es un cris­tiano, un joven ante el altar de su grey.

Casi medio siglo después, el pro­ced­imiento se repite en la mezquita azul de Estam­bul. El filó­sofo es ya un pen­sador maduro, que ha dado un rodeo por la fenom­e­nología y la filosofía analítica y ha escrito su propia teoría del conocimiento. En este caso, no se aden­tra en una religión cono­cida desde la infan­cia, sino en una con­cep­ción ajena, fun­dada en el Corán. Ahí revive las mis­mas emo­ciones tran­scritas en un cuaderno estu­di­antil. De pronto, la razón es super­ada por una sen­sación inde­scriptible. Las ple­garias, el dibujo de la escrit­ura árabe en los muros, las altas cúpu­las donde resue­nan los rezos, los minaretes como agu­jas hacia el cielo, piden ser com­pren­di­dos. El resul­tado de ese deslum­bramiento dio lugar a “La mezquita azul”, pub­li­cado por Octavio Paz en la revista Vuelta. El poeta encomió esta reflex­ión, no muy ale­jada de las suyas. Años antes, en su ejem­plar de El arco y la lira, mi padre había sub­rayado estos pasajes: “¿Qué hay del otro lado de la vig­ilia y de la razón? La dis­trac­ción quiere decir: atrac­ción por el reverso de este mundo (…) En con­se­cuen­cia, es inex­acto lla­mar pasivos o neg­a­tivos a los esta­dos recep­tivos (…) Novalis afirma que la poesía es algo así como religión en estado sil­vestre y que la religión no es sino poesía prác­tica, poesía vivida y hecha acto. La cat­e­goría de lo poético, por tanto, no es sino uno de los nom­bres de lo sagrado (…) Lo real­mente dis­tin­tivo de la expe­ri­en­cia reli­giosa no con­siste tanto en la rev­elación de nues­tra condi­ción orig­i­nal cuando en la inter­pretación de esa rev­elación”. En su juven­tud, mi padre busca la rev­elación; en su madurez, la interpreta.

Al entrar en la mezquita anota, tran­sido de emo­ción: “Soy musul­mán, bud­ista, cris­tiano y no soy de igle­sia alguna (…) Sólo soy uno de tan­tos, pero mi vanidad está aún pre­sente. Me miro a mí mismo y reg­istro mis pal­abras. Me per­cato de que pienso y de que iré, tal vez, a escribir sobre este momento. Entonces ruego: ‘Per­mite que se aleje mi orgullo, que se destruya mi inmensa vanidad, que se borre por fin mi egoísmo’.” Esta puesta en blanco de la mente le per­mite sen­tir lo otro, percibirlo sin cono­cer su nom­bre. ¿Cómo aquilatar ese momento? “Me levanto. Pienso: sé que vuelve de nuevo mi egoísmo, sé que empiezo a poner en duda, de nuevo, lo que acabo de vivir con certeza. ¡Dios mío! ¿Qué puedo hacer para no darte la espalda, para dar tes­ti­mo­nio de tu glo­ria? Muy poco tengo para dar. No soy poeta, ni tengo la visión cert­era y la pal­abra evo­cadora del buen nar­rador. Tam­poco tengo el alma pura y estoy muy lejos de la san­ti­dad. No soy capaz de hacer de mi propia vida un tes­ti­mo­nio. Sólo me queda algo mucho más torpe y burdo: puedo pensar.”

“La mezquita azul” abre con esta evo­cación lírica de la expe­ri­en­cia reli­giosa y con­tinúa con una pon­deración filosó­fica que explica y vuelve acept­able en un con­texto cul­tural laico el instante de la ilu­mi­nación. Así, lo inefa­ble se inscribe en lo que puede ser com­pren­dido. El análi­sis racional explica una viven­cia, pero no la susti­tuye, pues su sen­tido depende, jus­ta­mente, de su indeci­ble condición.

En el pasaje citado aparece una frase car­di­nal: “No soy capaz de hacer de mi propia vida un tes­ti­mo­nio”. Esto puede leerse como “no soy capaz de dar ejem­plo”. Pero la ejem­plar­i­dad se funda en una paradoja: es inca­paz de val­o­rarse a sí misma. El ejem­plo se da, no se proclama. Quien emprende ese camino pred­ica con su vida. Esto es cierto para las fig­uras reli­giosas y para los líderes que alteran el poder sin bus­carlo para sí mis­mos. “Nadie es pro­feta en su tierra”, dice Jesu­cristo, aumen­tando sus posi­bil­i­dades de ser profeta.

Lo ejem­plar depende de la mirada ajena; es atrib­uto de los tes­ti­gos. Existe para los demás, no para quien lo encarna.

¿Hasta dónde quiso mi padre par­tic­i­par de la ejem­plar­i­dad que tanto admiraba en otras fig­uras? La primera man­era de ejercerla era negarla.

La prox­im­i­dad con él no es la forma más obje­tiva de rendir tes­ti­mo­nio. Mi mirada está teñida por las sub­je­tivi­dades de la per­spec­tiva fil­ial: “Nadie es un gran hom­bre para su valet de cham­bre”, escribió Molière. De modo pare­cido, un padre es recor­dado por las acciones y las omi­siones del trato famil­iar. El hijo conoce las dudas, los malos cál­cu­los, las tor­pezas, las irrita­ciones comunes de quien, desde otra per­spec­tiva, puede ser percibido como una gran figura. Ser hijo sig­nifica for­mar parte del ensayo y el error, de los bor­radores que lle­van a la ver­sión que la pos­teri­dad juz­gará definitiva.

“La fama es siem­pre una sim­pli­fi­cación”, escribió Borges. El carác­ter ejem­plar de un per­son­aje tiene que ver con un adel­gaza­miento inter­pre­ta­tivo. La con­tra­dic­to­ria per­sona en que se sus­tenta se diluye en favor de un con­cepto que la resume. Cuando Hegel vio a Napoleón en Jena, exclamó “¡Al fin he visto una idea a caballo!” Las infini­tas tribu­la­ciones del prócer se con­den­saron en esa fór­mula. El autor de la Dialéc­tica del espíritu no habría podido decir algo sim­i­lar de un pariente.

En su admiración por Wash­ing­ton o Gandhi, mi padre hizo una operación int­elec­tual seme­jante; cada uno encar­n­aba una Idea: la Ver­dad, la Jus­ti­cia. Le resultaba más fácil com­pren­der a la humanidad que com­pren­der a una per­sona, pero era imbat­i­ble cuando entendía lo que una per­sona aportaba a la humanidad.

Recuerdo la dis­cusión que tuvo en una cena con Ale­jan­dro Rossi acerca de la opción de vivir en alguna ciu­dad de provin­cia. El D. F. era ya invivi­ble en los años setenta del siglo pasado y los comen­sales bus­ca­ban alter­na­ti­vas, sabi­endo que no asumirían ninguna de ellas (desde entonces, per­manecer en la ciu­dad de Méx­ico requiere de un ince­sante sim­po­sio filosó­fico sobre la posi­bil­i­dad de no per­manecer en la ciu­dad de México).

Alguien comentó aque­lla vez que Puebla era una ciu­dad her­mosa, no lejos de la cap­i­tal, con buen clima y esplén­dida comida. “El prob­lema es la gente”, ter­ció otro con­ter­tulio. “¡¿Pero por qué les pre­ocupa la gente?!”, pre­guntó mi padre, con sin­cero asom­bro. “Bueno, el prob­lema es que hay gente”, respondió Ale­jan­dro, sin dejar de son­reír ante la capaci­dad de su amigo para abstraerse de las extrañas man­eras que las per­sonas tienen de ser concretas.

El interés de mi padre por el prójimo dependía del modo en que ponía en prác­tica una idea. Esto rev­ela un rasgo esen­cial de su con­ducta: en con­tra de lo que dijo en aquel sem­i­nario de 1958 prop­uesto por José Gaos, con­vir­tió la filosofía en forma de vida.

En el entorno famil­iar era alguien de indis­cutible autori­dad moral, aval­ado por siglas de cuyo pres­ti­gio no dudábamos (la unam, la uam, la unesco, el pmt), pero que mostraba sufi­cientes manías, olvi­dos y fal­las para ser nor­mal. Conoci­mos la tramoya donde el per­son­aje era, como todos los hom­bres, un sujeto sin brújula con ganas de dormir la siesta. Pero en la may­oría de sus actos es posi­ble des­cubrir una ten­ta­tiva, no siem­pre exi­tosa, de ejercer una con­ducta intachable.

En una ocasión tomó un taxi para ir al Hos­pi­tal Mosel, donde sería oper­ado. No le avisó a nadie porque no deseaba alterar la vida de los otros y porque se trataba de una inter­ven­ción sen­cilla. Sin embargo, al llenar el for­mu­la­rio de ingreso, encon­tró un rubro con el que no con­taba: debía dar el nom­bre de un “ter­cero” capaz de asumir respon­s­abil­i­dades. De nuevo com­probó que la lib­er­tad sólo existe en forma condi­cionada. “Además, alguien se puede pre­ocu­par por usted”, le dijo una enfer­mera. Mi padre advir­tió entonces que su afán de ser oper­ado en secreto para no inco­modar a nadie podía tener con­se­cuen­cias neg­a­ti­vas para los demás. Sin saberlo, había actu­ado con egoísmo. Se arre­pin­tió de su con­ducta –con una vehe­men­cia que sor­prendió a la enfer­mera, según me con­taría después– y se pro­puso localizarme, con tal insis­ten­cia que me local­izó en Pátzcuaro, donde yo asistía a un colo­quio lit­er­ario. No habló direc­ta­mente con­migo: dejó un men­saje escueto en el hotel, diciendo que lo iban a operar. El encuen­tro se sus­pendió por unas horas. Imag­i­namos que una enfer­medad gravísima provo­caba esa lla­mada de emer­gen­cia, y Felipe Gar­rido, orga­ni­zador del acto, pagó de su bol­sillo un boleto de avioneta para que yo pudiera regre­sar a toda prisa.

El hom­bre que llegó en taxi al quiró­fano para no dar moles­tias, reca­pac­itó justo a tiempo para dar muchas más moles­tias. Mi padre comentó de buen humor el episo­dio al salir del hos­pi­tal: “No supe pen­sar a tiempo”. Luego aso­ció su ofi­cio con los reme­dios de la med­i­c­ina que alguna vez pensó ejercer: como los viejos medica­men­tos, la filosofía debe agi­tarse antes de usarse.



El por­tal de un camino

Desde muy joven, mi padre luchó con­tra el demo­nio de la vanidad. Se sabía inteligente, pero no quería caer en la arro­gan­cia de quien tiene más respues­tas que pre­gun­tas. Sus cuader­nos de los años cuarenta reg­is­tran sus desve­los para librarse de la sober­bia int­elec­tual, algo que José Gaos con­sid­er­aba inma­nente a los pro­fe­sion­ales del pen­samiento, y que se dis­cute en los tex­tos de Filosofía y vocación.

De una man­era obsesiva, sin duda exager­ada, Luis Vil­loro procuró ocul­tar el menor atisbo de una con­ducta altiva. Sus libre­tas llev­a­ban un recuadro con los datos del propi­etario. En aque­lla época, ante­rior a la pro­lif­eración de las imá­genes, se ano­ta­ban “señas par­tic­u­lares” para que la per­sona pudiera ser recono­cida. Donde decía “Com­plex­ión”, mi padre escribió: “De inferioridad”.

En oca­siones, su escrupu­loso afán de mod­es­tia pudo ser con­fun­dido, como sug­ería Uranga, con una sofisti­cada vari­ante del nar­ci­sismo. Para avalar su con­ducta, mi padre buscó ejem­p­los a seguir y encon­tró uno esen­cial en la lit­er­atura. Cuando leí Los her­manos Karamá­zov me hizo una pre­gunta que me pare­ció innece­saria: “¿Con qué her­mano te iden­ti­fi­cas?” Para mí, sólo había una elec­ción; el pri­mogénito Dim­itri era prag­mático y demasi­ado sim­ple, y Aliosha, un san­tur­rón. Iván, por el con­trario, era un héroe de la libre elec­ción y los desafíos del pensamiento.

Dos­toievski con­cibió a Iván en forma pare­cida al Raskol­nikov de Crimen y cas­tigo: un rebelde inmod­er­ado, que ponía en riesgo la tradi­ción. Sin embargo, pre­sentó su pos­tura en forma tan hábil que el per­son­aje resultó más elocuente que su autor. “Inteligen­cia, soledad en lla­mas”, escribió José Goros­tiza. Iván Karamá­zov encar­n­aba ese lúcido incen­dio. Mi sor­presa fue mayús­cula cuando mi padre dijo que él se iden­ti­fi­caba con Aliosha, el hom­bre de fe que ama al prójimo.

Tuvi­mos esta dis­cusión cuando él ya había abju­rado del catoli­cismo y luchaba al lado de Heberto Castillo en la creación del Par­tido Mex­i­cano de los Tra­ba­jadores. Antes había mil­i­tado en las juven­tudes del Par­tido Pop­u­lar con Vicente Lom­bardo Toledano; rep­re­sentó a Méx­ico en un encuen­tro en la Unión Soviética; firmó desple­ga­dos con­tra la invasión estadunidense en Bahía de Cochi­nos, que le valieron pasar al Libro Negro de quienes tenían pro­hibida la entrada a Esta­dos Unidos, y formó parte de la Coali­ción de Mae­stros durante el movimiento estu­di­antil del 68. ¿Qué tenía que ver ese uni­ver­si­tario com­pro­metido con la izquierda, que nunca iba a misa, con Aliosha, el beato de los Karamázov?

A la dis­tan­cia, encuen­tro un eco sig­ni­fica­tivo entre esta dis­cusión y la que tuvi­mos después a propósito de Gandhi. “Lo impor­tante no son las ideas, sino la con­ducta a la que lle­van esas ideas”, dijo al hablar de los her­manos rusos. Encon­tré la misma con­vic­ción en un aforismo de Licht­en­berg: “No hay que juz­gar a los hom­bres por sus ideas, sino por aque­llo en lo que sus ideas los con­vierten”. Hegel se interesó en Napoleón y mi padre en Gandhi por la forma en que la con­se­cuen­cia define al pensamiento.

La parábola de Iván sobre el Gran Inquisidor fascin­aba a mi padre; admiraba esa bril­lante arenga para impug­nar el papel coerci­tivo de la religión, pero el des­tino abierto del per­son­aje le resultaba pre­ocu­pante: carecía de carác­ter ejem­plar. En cam­bio, Aliosha encar­n­aba la iden­ti­dad entre pal­abra y acto. Además, su pos­tura no era menos crítica. Releyendo la obra, encon­tré esta frase del menor de los Karamá­zov: “Con­tra dios no me rebelo, es sólo que no acepto su mundo”. En la tra­duc­ción de Rafel Cansi­nos Assens, las últi­mas cua­tro pal­abras, no acepto su mundo, apare­cen en cur­si­vas. El per­son­aje que en mi primera lec­tura entendí exclu­si­va­mente como un beato, veía el mundo de man­era crítica, pero se ajustaba a él lo sufi­ciente para dar ejemplo.

En 2011 conocí a Mar­shall Berman en Nueva York y comentó que impartía “un curso más” sobre Marx y Dos­toievski. Habíamos cenado en casa de Car­men Boul­losa y Mike Wal­lace y él se había apropi­ado de una enorme cubeta de helado, de la que tomaba cucharadas sin dejar de hablar. Lleg­amos al clásico tema de los her­manos Karamá­zov: ¿con cuál nos iden­ti­ficábamos? Como mi padre, la mujer de Berman escogió a Aliosha. El autor de Todo lo sólido se desvanece en el aire pre­firió a Iván: “Me gus­taría escoger a Aliosha, pero carezco de mérito reli­gioso”, dijo. Después de dos cucharadas de helado, rec­ti­ficó, mirando a su esposa: “No sé si debo usar la pal­abra ‘reli­gioso’; más bien debería decir ‘moral’. Es fácil vivir como Iván y enseñar en cuny; en cam­bio, para vivir con alguien como Iván, tienes que tener los méri­tos de Aliosha”, con­cluyó, mien­tras su esposa sonreía.

Al final de su ensayo “El con­cepto de Dios y la pre­gunta por el sen­tido”, mi padre incluye la cita del abate Zósima que men­cioné antes: “Ama a Dios y creerás en él”. ¿Qué acti­tud per­mite vis­lum­brar lo otro? Siem­pre esquivo, el reverso de la razón está ahí. El pen­samiento puede explicar su exis­ten­cia pero no avalarla. De acuerdo con mi padre, su “jus­ti­fi­cación cor­re­sponde al orden del sen­timiento; está en la capaci­dad de despren­der­nos del apego a nue­stro yo y de sen­tir que nues­tra ver­dadera real­ización está en la afir­ma­ción del otro, del todo. Y en eso con­siste el amor”. La lec­ción de Aliosha fue per­durable en el filósofo.

Una sem­ana antes de morir, en las últi­mas pal­abras que le grabó su com­pañera, Fer­nanda Navarro, mi padre habló del “sico­moro”, nom­bre que prefería para la higuera del Buda. En su libro canónico sobre el bud­ismo, Edward Conze escribe: “En el vasto vocab­u­lario del bud­ismo no encon­tramos ningún tér­mino que equiv­alga a ‘filosofía’.” Para el “ciru­jano con­cep­tual” había algo lib­er­ador en intere­sarse en una forma de pen­samiento que busca la aniquilación del yo y se resiste a explicar el mundo a través de un sis­tema de creencias.

No es casual que sus últi­mos apuntes hayan sido una pecu­liar reflex­ión sobre bud­ismo y zap­atismo. Más que un desar­rollo argu­men­tal, mi padre anotó epi­gra­mas, frases sueltas cuya idea rec­tora es la búsqueda de lo otro, “sólo descriptible neg­a­ti­va­mente”: la no opre­sión, la no dom­i­nación, la no división, la no vio­len­cia. “El camino es un no fin. Es lo aún no logrado”, escribe a los 91 años. Más ade­lante agrega: “Lo otro: utopía: lo que no es pero indica una meta, per­mite el camino”, y cita a Anto­nio Machado: “Se hace camino al andar”. Por su parte, Conze apunta: “Está en la nat­u­raleza de las cosas que el conocimiento íntimo del camino es dado sólo por aque­l­los que cam­i­nan por él”.

Más allá de las difer­en­cias que advierte entre bud­ismo y zap­atismo, en sus últi­mos apuntes el filó­sofo encuen­tra ele­men­tos de con­flu­en­cia: el sen­tido inter­minable del camino, la meta siem­pre aplazada, la dis­olu­ción de los intere­ses indi­vid­uales en favor de la comu­nidad, el cumplim­iento de los val­ores per­son­ales a través del otro y de lo otro: “La real­ización indi­vid­ual depende del no indi­vid­u­al­ismo. El olvido de uno mismo. La real­ización social depende del no poder”. Y agrega con su letra de alam­bre: “No pura teoría, praxis real”.

Trans­for­mar el mundo exige asumir la reflex­ión como un anticipo de la con­ducta. Luis Vil­loro Toranzo tran­sitó del sen­timiento reli­gioso al com­pro­miso político a través de una ética de vida. En lo sagrado y lo pro­fano admiró la cat­e­goría del ejem­plo. No siem­pre quiso dar expli­ca­ciones para sus actos, dese­ando que los demás inter­pre­taran libre­mente su con­ducta, y se negó a con­ced­erse impor­tan­cia, reglas bási­cas para dar ejemplo.

Sus hijos difí­cil­mente lo ver­e­mos como una figura despro­vista de las con­tradic­ciones de la vida diaria, pero recibiríamos una repri­menda ultra­ter­rena si no recono­ciéramos que cier­tas fig­uras sir­ven para dar ejem­plo y cam­biar el mundo con un puñado de sal.

El 5 de marzo de 2014, Luis Vil­loro llamó a mi her­mana Renata para felic­i­tarla por su cumpleaños. Después de col­gar el telé­fono, dio las gra­cias a la empleada que le ofrecía algo y cerró los ojos, como quien cierra un libro.

“La filosofía es una preparación para la muerte”, pos­tuló Mon­taigne. La frase ha tenido muchas man­eras de ser cierta. Ante la tran­quil­i­dad con que mi padre aguard­aba su des­tino, varias veces le dije: “La filosofía prepara para la muerte pero a ti se te está pasando la mano”. Por toda respuesta son­reía, pen­sando en su camino.

Unos ver­sos de Rubén Boni­faz Nuño sir­ven para acom­pañarlo en ese viaje:



Que no sea mi amor amurallada

cár­cel, ni vaso que recibe,

sino un cristal tran­sido, un cauce tierno

el por­tal de un camino.


24 junio 2015

Continúa el Problema de la Escuela Primaria




Aunque se desconoce exactamente lo que pasa, por el conflicto de intereses que hay entre la SEP y los Padres de Familia, ahora se sabe que el problema ha crecido, pues ya entró Antorcha Campesina, que nada tienen que ver en el asunto, pero ya dan clases a 50 niños en este viejo edificio. Los padres de este pequeño grupo de infantes, se niega a ocupar las nuevas instalaciones, los motivos son muchos y destacan: No está en condiciones la nueva escuela, el edificio pertenece al pueblo y no les avisaron con tiempo.
Lo cierto es que la mayoría de alumnos toma clases en el nuevo edificio, el antiguo edificio es insuficiente y ya entró Antorcha Campesina a engrandecer el problema.   

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Exposición de Pintura






La pintora Nohemí Garrido expone su obra por cuarta vez en Tlaxco, demostrando su estilo y gusto por el bodegón o las naturalezas muertas, además de que describe su interés por la música, de la cual tiene el gusto desde pequeña. Esta exposición se presenta en el Centro Cultural de Tlaxco. 

23 junio 2015

Festival de Música Experimental y Arte Sonoro










El viernes 12 de junio se realizó en el Patio del Palacio Municipal de Tlaxco, el Primer Encuentro Nacional de Música Experimental y Arte Sonoro, realizado por el Colectivo Volta, el Instituto Tlaxcalteca de Cultura, el Ayuntamiento de Tlaxco, el Centro Cultural de Tlaxco y la Coordinación de Cultura. 

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