15 julio 2010

Sin Título

Ahora que todo pasó y la voluntad de los ciudadanos se inclinó por un proyecto distinto, el gober ya anda pensando en meter sus tiliches en una petaquita e ir a su hotelito cerca de los laberintos, en Tlaxco, a administrarlo.

Al parecer, el gobernador Héctor Ortiz no va a responder la incipiente metralla, desatada por su sucesor. Fiel a su estilo, procurará apaciguar el golpeteo luego de analizar sus causas.

Es probable que el autor de la candela se pregunte: y yo, ¿en qué leo? (hay que tomar en cuenta que su trato lo plantea entre iguales) y, en consecuencia no se extrañe usted si es que una (o varias) de esas patentes, ahora en disputa, se manejan como ofrenda para amainar los bombazos.

Creo que esta será la constante hasta que se cumpla el plazo fatal.

Dado el prolongado lapso que falta para formalizar al nuevo comandante del barco, esto se aprecia como una divertida y duradera partida de naipes, con múltiples manos para repartir el botín, y con la oportunidad de que presenciemos si es posible que las cuestiones materiales en un contexto territorial, marquen la diferencia entre los que están por salir y los a punto de entrar.

Todo está diseñado para que el ganador se quede con todo, puesto que el saliente ya se despachó no con la cuchara grande, sino con el cucharón.

Por lo pronto, he sabido de los planes orticistas para cambiar de residencia en cuanto nada tenga que hacer en el palacio que durante seis años lo albergó como huésped principal.

Una probable reubicación es el bello hotelito construido en el caprichoso y montañés paisaje de Tlaxco, allá por donde los laberintos (uno de los atractivos turísticos que dan fama mundial a este municipio).

Dicen que don Héctor adquirió unos terrenitos con todo y dos jacales. Con el tiempo lo transformó en un agradable lugar con panorámica garantizada y clima entre frío y húmedo, pero eso sí, muy propio para pasar varios días apartado del estruendo cotidiano.

Vamos, al negocio le tomó tal cariño el dueño que, hasta dice que podría auto contratarse como el administrador, y al mismo tiempo el que ande cortando el césped, podando los pinos y explicando a grupos malpensados que él no se apropió de los mencionados laberintos, sino que por mera casualidad estos quedaron junto a su propiedad.

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