03 marzo 2012

Los chamanes wixárika escucharon la palabra del fuego

Tomado de Revista MX

La mayor concentración de autoridades del pueblo wixárika en la historia contemporánea ocurrió el 6 de febrero. Más de 600 marakate (chamanes), jicareros y cantadores se reunieron en una ceremonia para consultar a sus dioses sobre lo que debían hacer en torno a los embates contra Wirikuta, su zona sagrada acosada por las mineras. Apenas unos 50 mestizos accedieron a este ritual, íntimo y enigmático, lleno de símbolos incomprensibles para ellos pero que, por alguna razón, parecen encarnar la voz de las montañas.

Esto es lo que ahí, en el cerro de El Quemado, esa noche ocurrió.


Por Carlos Acuña
carlosac@m-x.com.mx • @esecarlo
Fotografías: Christian Palma

Wirikuta, San Luis Potosí.- Eusebio canta, todos guardan silencio absoluto. Su voz es apenas un susurro, se confunde con el rumor de la leña quemada por la hoguera. Poco a poco su canto crece, gana volumen hasta desbocarse en un aullido largo y lastimero, como de animal herido. Después calla, respira y comienza de nuevo.

Eusebio de la Cruz es el marakame más sabio y viejo de los más de 600 marakate, jicareros y cantadores que se han dado cita este lunes 6 de febrero en la punta del cerro de El Quemado para consultar a los dioses de las montañas. Nunca, al menos en la historia contemporánea, habían estado juntos tantas autoridades wixaritari juntas en un solo lugar.

Diferencias políticas e históricas habían separado y enemistado a este pueblo durante casi un siglo. Hoy se reúnen todos ellos dispuestos a decidir un plan de acción para resistir juntos los embates contra Wirikuta, la tierra sagrada del pueblo wixárika, al que los mestizos conocemos como huichol, donde recientemente se han anunciado proyectos de minería a gran escala que amenazan con destruir el lugar.

Wirikuta abarca más de 140 mil hectáreas que se extienden desde la Sierra de Catorce hasta el bajío potosino. Las empresas canadienses First Majestic Silver y Revolution Resources Corp. obtuvieron del gobierno federal concesiones para realizar exploraciones en gran parte de la zona sagrada de Wirikuta, a pesar de que la ley lo impide por tratarse de un área natural protegida, con decenas de especies vegetales y animales que sólo se encuentran aquí, en ningún otro lugar del planeta.

Surcos de arrugas cruzan el rostro de Eusebio. Sus ojos son apenas dos ranuras con las que escudriña en el fondo de la hoguera, intentando descifrar ese alfabeto de luz. Las llamas le hacen señas con sus dedos, el viento le susurra palabras en otro idioma. No debe ser fácil ser marakame o chamán. Año con año tienen que someterse a rituales de purificación durante los cuales confiesan todos sus pecados; aprender de la manera correcta a comer híkuri, el divino peyote; así como memorizar cantos sagrados y comunicarse con las fuerzas de la naturaleza.

Un marakame será siempre el guía de más autoridad en una comunidad wixárika.

De su jícara, Eusebio extrae un gajo de híkuri y lo masca lentamente antes de continuar con la cantaleta que cada vez se hace más larga. Paulatinamente, los otros cantadores se le unen, entrelazan sus voces y crean una atmósfera hipnótica que hace vibrar las paredes de las montañas.

Los cantos sonarán toda la velada. Las mujeres duermen alrededor de pequeños fuegos encendidos en torno a la hoguera principal; los niños juegan, ocultos en el follaje de la noche.

Los wixaritari, vestidos con su atuendo tradicional de manta, resisten el inclemente frío de la sierra. Los colores de sus ropas pueden distinguirse aún en la oscuridad. No hay una sola prenda igual a otra. Cada una representa una visión diferente del mundo y tiene un significado mítico. Así, por los bordados de las prendas desfilan codornices y águilas, flores, botones de peyote, pavorreales y venados, siempre saturados de las tonalidades brillantes que el sagrado peyote les brinda a las mujeres wixaritari, quienes crean los diseños en sueños, pensando específicamente en la persona que portará las prendas.

Un violín rechina sus cuerdas bajo la enorme luna llena.


Al costado izquierdo del marakame Eusebio, otro hombre se ha sentado en cuclillas, con la espalda erguida y la mirada dura, también clavada en el fuego. Su ropa de manta es de una singular belleza, águilas y codornices bordadas con hilo color turquesa bailan alrededor de flores y botones de peyote.

Se llama Santos de la Cruz Carrillo, es presidente de bienes comunales de la comunidad de Bancos de San Hipólito, en Durango. Es uno de los personajes clave para entender el conflicto entre las mineras y la cultura wixárika.

–No vamos a permitir que pase –dice. Su voz es dura y rara vez mira directamente a los ojos–. Nos están negando nuestro derecho a existir como cultura. Esto es un etnocidio.

A pesar de haber nacido en la comunidad de San Andrés Cohamiata, en el municipio de Mezquitic, Jalisco, Santos vivió casi toda su vida en Durango, porque por los numerosos conflictos agrarios y territoriales San Andrés fue segregada y dividida en numerosas poblaciones pequeñas, perdiendo gran parte de su territorio principal.

La historia no acabó ahí. Santos creció observando cómo las reformas agrarias le arrebataban cada vez más tierras a su pueblo, otorgándoselas a ejidatarios o empresarios que podían pagar abogados para adquirir las tierras legalmente.

Santos entendió en ese tiempo que los rezos por sí solos no son capaces de lidiar contra el engranaje intrincado de las leyes.

Por eso decidió alejarse temporalmente de su comunidad y, en lugar de volverse marakame o cantador, enfocó su vida en los estudios.

Sin contar con ningún tipo de apoyo económico, Santos ingresó a la secundaria al tiempo que realizaba trabajos esporádicos para sostenerse. Dormía poco, comía menos. Pero la escasez le había curtido la voluntad y, a finales de 1998, Santos consiguió una beca en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) para estudiar la carrera de derecho. Se graduó con honores en 2003.

–En México, las leyes son papeles muertos. No sirven para nada –se queja. Sus palabras suenan tensas y tristes–. Sólo mediante instancias internacionales se puede presionar al gobierno mexicano.

Y es que durante más de una década Santos ha intentado defender no sólo su tierra sagrada sino cada comunidad wixárika y los templos naturales amenazados por las empresas hoteleras, mineras o agroindustriales. Su esfuerzo no ha tenido mucho éxito, a pesar de que en todos los casos demostró legalmente las irregularidades.

Por eso es que en mayo de 2011 decidió elevar la lucha a niveles internacionales, cuando encabezó la comitiva wixárika a Nueva York y presentó su caso ante la ONU, en donde testificó ante el Foro Permanente para las Cuestiones Indígenas.

Los edificios parecían venírsele encima cuando Santos llegó a Nueva York. Él, que creía estar acostumbrado a la vida de la ciudad, se sintió abrumado ante aquellas descomunales construcciones, casi tan grandes como las montañas de la sierra.

Consiguió una audiencia especial con James Anaya, una de las máximas autoridades a nivel mundial en derechos indígenas, quien mostró su apoyo a la causa wixárika y a la defensa de Wirikuta. Le dieron tres minutos para exponer su caso.

Santos se presentó ante el foro con uno de sus atuendos tradicionales: un traje blanco con venados verdes bordados alrededor del pecho. Eso, aunado a su figura erguida y mirada decidida, le ganó de inmediato el respeto entre los presentes.

Comenzó a leer su discurso pero tres minutos fueron insuficientes. Una luz empezó a parpadear y una pancarta se alzó en el foro, indicándole que su tiempo se había agotado.

Santos hizo caso omiso de las advertencias y siguió hablando con determinación. No había viajado tantos kilómetros para quedarse callado. Al final, su discurso se extendió por más de ocho minutos y un estallido de aplausos dio por terminada su intervención.

–Los huicholes son gente extremadamente práctica –comenta Johanes Neurath, tal vez el etnólogo más especializado en la cultura wixárika–. Son capaces de adaptarse a cualquier situación con tal de defender esta tierra. No son los típicos indígenas rezagados y aislados del mundo. El año pasado no sólo viajaron a la ONU, sino a la misma sede de la minera canadiense, en Vancouver, para pedir explicaciones. Si alguien puede detener a las compañías mineras son ellos.


Real de Catorce es la última escala antes de llegar al cerro de El Quemado, la montaña más sagrada de Wirikuta, el lugar donde nació el Sol, el Universo y la vida misma, según la cosmovisión wixárika. Es un pueblo engañoso. La opulencia de sus construcciones y los nombres de sus calles nos remiten a una época en que la actividad minera era símbolo de riqueza y progreso.

Pero de no ser por el turismo y las películas que se han rodado en los alrededores, el lugar seguiría siendo el pueblo fantasma en que se convirtió tras agotarse las venas minerales, dejando un halo de miseria y abandono, junto con las tierras abandonadas, inservibles para la siembra, tras los efectos nocivos de la extracción de metal.

Conforme uno se aleja, topa de frente con las ruinas de las haciendas que rodeaban las antiguas minas. Pozos de excavación —tan profundos que se puede lanzar una moneda y no escuchar jamás cuando toque fondo— se esparcen por toda la sierra. De pronto, la lluvia, esta vez en forma de granizo, vuelve a caer del cielo, pintando de blanco todos los cerros.

Algo pasa: hace tres años que aquí no caía una lluvia.

Los wixaritari avanzan, dejando atrás el pueblo, desperdigados en pequeñas hileras coloridas. De lejos semejan pequeñas serpientes blancas que reptan alrededor de las montañas.

Pocos son los mestizos que han podido acceder a una ceremonia wixárika. Mucho menos a una tan importante como ésta. Son celosos de sus tradiciones y no es fácil ganarse su confianza. Lo que sucede aquí arriba es divino, ha sido guardado con el más profundo secreto. Por eso sorprende a todos el repentino anuncio: “Las autoridades wixaritari acordaron que los invitados especiales y medios de comunicación serán recibidos dentro de la ceremonia con la condición de que se abstengan de la toma de fotografías hasta el amanecer”, dice un muchacho delgado, cerca de las 10 de la noche, tiritando de frío.

Estamos dispersos alrededor de la hoguera. Somos más de 50 mestizos, los tewari nos dicen ellos, observando algo que no comprendemos del todo. La oscuridad no es suficiente para disimular nuestra presencia. Pequeños fuegos han sido encendidos en todo el cerro. Al centro, los marakate siguen hablando con el fuego principal, sentados alrededor de una serie de círculos concéntricos trazados con piedras. Los círculos marcan una frontera que los mestizos tenemos prohibido cruzar.

Al vernos, algunos wixaritari nos sonríen, otros nos miran con recelo. Los más ancianos de plano ignoran nuestra presencia.

No debe resultarles muy grato escuchar los cuchicheos profanos, ni las risas que de pronto suenan a mitad de un rezo, en la cima de su montaña más sagrada. Para ellos, somos peor que apariciones, intrusos a quienes necesitan tolerar e incluso hacer cómplices de sus rituales más íntimos.

A más de 3 mil metros sobre el nivel del mar, la noche avanza lentamente, cada vez más oscura y fría. Los cantos no se detienen nunca y poco a poco se vuelven más intensos, más complicados, y los tewari sólo podemos limitarnos a atestiguar, a mirar de lejos un ritual enigmático, lleno de símbolos incomprensibles para nosotros pero que, por alguna razón, parecen encarnar realmente la voz de las montañas.

Los wixaritari reciben al sol haciendo sonar sus cuernos a manera de trompetas. El aire se llena de reverberaciones y truena justo en el momento en que el sol lanza sus rayos hacia el cielo.

En el fuego central Eusebio sigue cantando. Se le han unido decenas de guitarras y violines que no paran de producir melodías rústicas y enmarañadas. Durante la madrugada una vaca ha sido sacrificada y ahora charcos de sangre se esparcen alrededor del fuego, mientras un grupo de casi 50 bailarines zapatea frenéticamente para combatir el frío mientras suelta gritos de éxtasis.

–¡Los huicholes no hacen nada ni dejan hacer! –gritan algunos de los bailarines, provocando una explosión de risas alrededor suyo–. ¡El cerro de El Quemado es territorio ejidal y Real de Catorce está a favor de la minería!

“Son los peregrinos”, explica Santos de la Cruz. “Ellos han caminado durante días y en su peregrinación le cambian el nombre a las cosas y voltean el mundo patas arriba”. Algunos de ellos repiten los lemas que, pintados en mantas blancas, apoyan la reactivación de la actividad minera en la zona.

De pronto, la ceremonia adquiere tintes dramáticos, cada quien encarna un personaje distinto y todos parecen seguir una representación perfectamente estructurada. Se nombran autoridades falsas, bufones, y todo se inunda de un matiz de fiesta. Sólo los marakate más viejos continúan con su canto solemne. Para estas horas ya se han transformado en dioses y pueden conjugar la verdad en su lengua en medio del ajetreo festivo del amanecer.

El cielo ha quedado allá abajo. El altiplano desaparece tras una gran cortina blanca y espumosa. Las nubes abrazan las montañas. Por instantes todo calla y sólo se escucha el canto, cada vez más enérgico, de Eusebio. Los violines y los cuernos resuenan de nuevo, creando un estruendo de guerra en el aire.

La alegría que exudan los participantes parece indicar que los dioses han hablado y que sus palabras son buenas.

En un punto más alto del cerro, un grupo de mujeres realiza una pequeña ceremonia de sanación. Alrededor de un fuego han sido distribuidas fotografías de niños y ofrendas de flechas y jícaras. En los brazos de una mujer de pelo crespo descansa un pequeño cordero de pelaje negro. Sus ojos brillan y reflejan el fuego. La mujer le canta, arrullándolo con una voz melódica, mientras otras dos rezan a sus espaldas.

El canto dura más de una hora. Súbitamente, la mujer toma un cuchillo y hace un sesgo rápido en la yugular del animal. Un río rojo empieza a correr limpiamente por su pequeño cuerpo, salpicando el fuego, que se aviva por un instante. La mujer no detiene su canto, cada vez más tierno, mientras el becerro la mira, sin emitir sonido ni queja alguna. No hay ningún asomo de miedo o dolor en sus ojos. La mujer lo suelta y el becerro da un par de vueltas alrededor del fuego. Después brinca, regando sangre a su alrededor, sin darse cuenta de que la vida se le escapa a chorros. La escena parece surgida de una fábula antigua, de mito primigenio. De pronto, el becerro lanza un balido débil y comienza a quedarse lentamente dormido, feliz de entregar su vida como comida y sacrificio.


Alrededor del medio día del martes ya casi todo ha terminado.

Los ancianos se reúnen alrededor del círculo y toman la palabra. Cada uno de ellos está obligado a pronunciarse en nombre de la comunidad a la que representan. Su voz, cuando hablan en lengua wixárika, es aguerrida, potente; muy diferente a cuando hablan español, un idioma ajeno incapaz de expresar sus emociones. Al poco rato se anuncia que los marakate harán pública la declaración obtenida por los ancestros y los acuerdos a los que han llegado después de más de 12 horas de oraciones y cantos ininterrumpidos.

La declaración es más institucional de lo que podría esperarse.

El marakame Eusebio de la Cruz notifica que todo el pueblo wixárika se declara en total oposición a toda clase de minería que afecte el medio ambiente de la zona sagrada de Wirikuta, así como a las industrias tomateras que han contaminado y sobreexplotado el suelo del altiplano.

Y comunica que todas las comunidades del pueblo wixárika han olvidado sus diferencias históricas para unirse en un solo frente de resistencia, pidiendo a su vez el apoyo y solidaridad de todos los mestizos e instituciones públicas.

Lentamente los peregrinos empiezan a bajar de la montaña, cansados. Su andar es seguro, a pesar de la fatiga, como si conocieran cada palmo de esos cerros. Sus cuernos resuenan por última vez en las montañas, como despertándolas de un letargo milenario. Las plumas de sus sombreros, sus muvieris y sus flechas se confunden con la vegetación del desierto potosino.

Su vestimenta encaja perfectamente con el entorno. La tarde se aproxima. El sol desaparece en el poniente como una moneda enorme que cae en cámara lenta en la ranura del horizonte. Por el lado contrario nace la luna llena, resplandeciente.

Durante unos minutos, la noche y el día libran una batalla de colores en el cielo, mientras el viento sopla, cada vez con más violencia. Los mestizos guardamos silencio, incapaces de decir nada ante esos dioses tan sencillos, tan majestuosos.

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